Sinfonía nº 4, en mi menor, op. 98 de Johannes Brahms

Johannes Brahms (1833-1897)

Johannes Brahms (1833-1897)

A veces se hace referencia al hecho, cronológicamente tardío, del despliegue sinfónico en el conjunto de la obra de Johannes Brahms. Aunque es cierto que no inició la composición de grandes obras orquestales hasta que no cumplió cuarenta años (en 1876 dio a conocer su Primera sinfonía), no lo es menos que el corpus principal de este catálogo se produjo en un espacio de tiempo relativamente breve. Once años separan aquella Primera sinfonía del Concierto doble para violín, violonchelo y orquesta.

Cuatro sinfonías, un concierto para violín, otro para piano (el Concierto en si bemol; el Concierto en re menor es de 1858), el mencionado doble y las dos oberturas no parecen una relación precisamente corta, sobre todo si atendemos al aspecto cualitativo de este grupo de obras, de las cuales un mínimo de seis forman parte del repertorio más universal y gozan de la máxima estimación como absolutamente magistrales.

Hay también coincidencia en señalar el carácter sinfónico de las obras de Brahms como una síntesis entre el espíritu de la forma clásica y la expresión más íntima de un espíritu profundamente emotivo. Como una advertencia a aquellos que vean en estas obras solamente una poderosa arquitectura musical – tan vacía de emoción como lo fue, por ejemplo, para Arturo Toscanini -, habríamos de invitarlos a un viaje reflexivo a través de un universo en el que todas las experiencias humanas, las que más de cerca tocan a nuestra sensibilidad, han sido totalmente absorbidas y sublimadas por un “oficio” que lo es en el más noble sentido del término. El encuentro del espíritu del alemán del norte con la fuerte vitalidad, ocasionalmente ruidosa, del hombre del sur alcanza en la música brahmsiana una dimensión quizá única en todo el siglo romántico. No hay ninguna señal de superficialidad, de digresión, de exceso. El examen, diríamos que “físico”, de una cualquiera de sus partituras mostraría, como indicó Wilhelm Furtwaengler, “una anotación intencionadamente contenida, que no restringe todo lo más necesario, porque cada especificación en Brahms tiene un valor absolutamente auténtico. Él siempre escribe con conceptos ampliamente comprensivos”.

Quizá la economía de la escritura y la “densidad”, a menudo invocada, del tejido orquestal brahmsiano impliquen un obstáculo para determinados intérpretes. Dos nociones, aparentemente enfrentadas pero en el fondo complementarias, vienen de dos espíritus musicales como Otto Klemperer y Carlo Maria Giulini. Si en el primer la sonoridad compacta -”granítica” la llama Barenboim- descubre la grandiosa construcción, la “fábrica del espíritu”, en el segundo hay una visión humanista, hecha de rigor y de calor, posiblemente más próxima al “espíritu de la fábrica”.

De las cuatro sinfonías, es la última, Opus 98, la que tensa al máximo la emoción del poeta y del orfebre. Los dos temas que la abren y la cierran tienen, en su propio origen, la clave íntima de la Música que entre uno y otro circula. Desde el primer compás del Allegro non troppo, los violines “cantan” una vieja tonada alemana: O, wüsst’ ich doch den Weg zurück. Al inicio del último tiempo, Allegro energico e passionato, vientos y maderas entonan un coral bachiano, de la Cantata BWV 150, “Nach dir, Herr, verlangen mich. “Weg” y “verlangen” son palabras clave: “camino” y “anhelar”: “¡Ojalá supiese el camino de vuelta! Hacia ti, Señor, camina mi anhelo”. Los violines transmiten este deseo de regreso al hogar, al inicio mismo de la propia existencia. El solitario Brahms lucha con el destino: melancolía y drama combaten en aquella impresionante estructura de sonata que es el primer movimiento. Sonata libre, en todo caso, ya que Brahms transforma la sección de desarrollo en un inacabable contrapunto de violonchelos. Y para la cosa, que retoma la sencilla canción en un majestuoso contrapunto de violonchelos, contrabajos y trompas, despliega Brahms el máximo poder orquestal: cuatro fuertes pulsaciones del timbal ponen fin al drama. Las trompas, en do mayor, anuncian el Andante moderato, en el cual no tarda en convertirse en la tonalidad principal una frase del clarinete sobre pizzicato de las cuerdas: mi mayor, frente al mi menor precedente. Esta meditación serena hace referencia a esa armonía constante entre lo antiguo y lo nuevo que resume el pensamiento brahmsiano. Si al encuentro del modo frigio y de la tonalidad de mi mayor podríamos atribuir un acuerdo tan capital, a la melodía que de ahí surge, a partir de los tresillos (flautas/cuerdas/trompas) y es cálidamente sumida por el violonchelo, no podemos sino concederle este calificativo: lirismo. Pero no incurre Brahms en ningún exceso, ya que en el Allegro giocoso se rompe aquel sentimiento a favor de un espíritu de fiesta, de danza gozosa. El triángulo, el piccolo y el contrafagot aportan un color insólito a todo el sinfonismo brahmsiano anterior. La idea de hacer seguir a esta música gozosa otra música sombría será reutilizada por Chaikovski (en su Patéticay por Mahler (en su Novena sinfonía). Era nueva cuando Brahms la aplicó a esta Cuarta sinfonía. Y lo era hasta el extremo de que algunos amigos le recomendaron publicar el último movimiento del Opus 98 como obra independiente.

Parecía inconcebible que una passacaglia tan severa pudiera culminar una sinfonía de climas tan diversos: drama – lirismo – fiesta. Pero, como he indicado antes, aquí se encuentra la respuesta a toda la composición. El solemne coral bachiano  - ocho blancas con puntillo –  se descubre en las treinta variaciones y coda como un perfecto colofón a una obra resumen y frontera a la vez. Resumen de una tradición, de la propia vida musical de Brahms: de la sonata al contrapunto, del Lied a la danza. Frontera de unas audacias armónicas que Schoenberg no tardaría en recoger. Y en el centro, para citar palabras del musicólogo Hermann Kretzschmar, “una composición sobre el tema de la futilidad humana, que Brahms, como antes Johann Sebastian Bach, no dejaba de contemplar nunca”.

Artículo extraído del libro de Gonzalo Badenes “Programa en Mano” editado por Rivera Editores.

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Heitor Villa-Lobos: El gigante de la musica brasileña

Heitor Villa-Lobos (1887-1959)

Heitor Villa-Lobos (1887-1959)

A partir de la independencia, en 1822, y del comienzo del reinado de Pedro II, en 1831, conoce el Brasil la gran época de su desarrollo económico. Discurre éste paralelo al despertar de la cultura nacional brasileña. Escultores como los Allao y Chaves Pinheiro; pintores como los Da Costa, Meirelles y Americo; escritores como Gonçalves de Magalhaes, Porto Alegre, Dias, Castro Alves, Alvares de Azevedo, Almeida o Macedo. La literatura y la música, en la segunda mitad del siglo, absorben las influencias europeas: así los parnasianos Bilac, Oliveira o Machado de Assis; los naturalistas Azevedo, Ribeiro o Barreto; los simbolistas Cruz-e-Souza, Guimaraes, Carvalho…; en la ópera, el italianismo pervive en los dramas épicos de Carlos Gomes. Leopoldo Miguez bebe en las fuentes del wagnerismo. Y Alexandre Lévy impulsa un tímido nacionalismo, que será continuado por Alberto Nepomuceno y Francisco Mignone.

Pero falta la figura que aglutine las tendencias puramente epigonales de las europeas con la vigorosa raíz nacionalista. Esa síntesis se da en la obra de Heitor Villa-Lobos, que nace en Río de Janeiro, el 5 de marzo de 1887. Inicialmente autodidacta, Villa-Lobos explora, entre 1905 y 1912, las regiones septentrionales del país en busca de la música popular brasileña, que él considera un producto de la triple influencia india, negro-africana y portuguesa. Sorprendentemente, a su regreso a Río, Villa- Lobos inicia estudios musicales “serios” con Braga, Oswald y Nepomuceno. Por ellos conoce las tendencias imperantes en Europa. Pero otros dos hechos conformarán decisivamente su personalidad: el encuentro con Milhaud, en 1918, y el viaje a París, en 1923.

Hasta entonces, su música había recogido algunos ecos del verismo italiano y del preimpresionismo francés. A través de Braga (que fuera alumno de Massenet), Villa-Lobos adquiere el sentido “vocal”, tan permanente en su obra. De París se trae rasgos de instrumentación y de armonía que pervivirán en su producción posterior. La asimilación del folklore le sirve para forjarse un estilo propio. En cierta ocasión dirá: “Yo soy folklore, mis melodías son tan auténticas como las que nacen del alma de mi pueblo”.

La obra musical de Villa-Lobos se agiganta. “Compongo porque no puedo evitarlo. La creación musical es para mí una necesidad biológica”.

Son más de setecientas las obras de su catálogo. Tanta fecundidad no se daba desde el siglo XVIII. Hacia él, hacia Bach, se encamina Villa Lobos a partir de 1930. En sus Bachianas brasileiras (la última se data en 1945) los elementos populares son tratados de manera contrapuntística. Bajo los preludios, toccatas, fugas, arias, gigas o fantasías, que conforma estas piezas, se vislumbran las síncopas rítmicas, las canciones y danzas. La orquesta de Villa-Lobos evoca los instrumentos primitivos, los atabaques, la marimba, el agogó. Las fórmulas repetitivas, de carácter ritual se dan en los Chôros, donde Villa-Lobos, como ha señalado Mario Pedrosa, “no ha hecho más que obedecer la impulsión de su medio y de su raza”.

Villa-Lobos ha frecuentado todos los géneros musicales. De la ópera (compuso cinco: Malazarte, Jesús, Zoé, Izath y Aglaia) al oratorio, a la música orquestal (doce sinfonías, dieciocho poemas sinfónicos, cinco conciertos para piano y dos para violonchelo, para arpa, para guitarra…) a la música de cámara (dieciséis cuartetos de cuerdas, noneto, quintetos…), las piezas para piano (Prole do Bebé, Carnaval das crianças, Saodades das selvas, sonatas…), para guitarra (Preludios, Estudios).

Se ha reprochado a Villa-Lobos una cierta “facilidad complaciente”, así como debilidades técnicas. Su orquestación no está exenta de ellas. Su tendencia al “gigantismo” (gustaba de convocar manifestaciones corales con decenas de miles de voces) y el carácter eminentemente conservador de su música (incapaz de evolucionar al paso de las nuevas tendencias) pueden haber contribuido a su relativa depreciación por la crítica.

Tres características que faltan en las microformas (como los Estudios o Preludios guitarrísticos), donde acrece la dimensión temporal a la par que se concentra, y depura, la esencia musical.

Artículo extraído del libro de Gonzalo Badenes “Programa en Mano” editado por Rivera Editores.

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Concierto para trompeta y orquesta de cuerdas en do menor de Benedetto Marcello

Benedetto Marcello (1686—1739)

Benedetto Marcello (1686—1739)

Benedetto Marcello  es recordado por su aportación a la ópera y a la música religiosa, pero sus conciertos y sonatas comparten con las composiciones escénicas un agudo sentido del humor y un estilo ágil y delicado. El Concierto en do menor está originalmente escrito para oboe (o violín) con orquesta de arcos. El tutti que abre el Allegro moderato presenta un intervalo descendente de una octava, seguido de un silencio de corchea, rasgos que persistirán hasta la entrada exuberante y ornamentada del solista, llena de trinos, appoggiature y mordentes. Todo el movimiento es una permanente exhibición de virtuosismo para el instrumento solista. En el Adagio tal aspecto cede frente a la expresividad de un canto siempre ligado, sostenido por un acompañamiento lineal y sobrio. El Allegro conclusivo de la partitura, abierto por el solista con un motivo de semicorcheas, muy picado, nos lleva al mundo ligero y grácil de la ópera buffa, aunque el frecuente ir y venir de los matices dinámicos nos confirma la pertenencia de Marcello a la escuela veneciana.

Artículo extraído del libro de Gonzalo Badenes “Programa en Mano” editado por Rivera Editores.

 

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