Concierto de Aranjuez, para guitarra y orquesta, de Joaquín Rodrigo

Joaquín Rodrigo (1902 - 1999)

Joaquín Rodrigo (1902 - 1999)

I. Allegro
II. Largo
III. Presto

Obra popularizada quizá en exceso de la partitura—en detrimento de otras, más enjundiosas, del propio Rodrigo—, el Concierto de Aranjuez, estrenado en época de sequía musical (11 de diciembre de 1941) por su destinatario, Regino Saiz de la Maza, viaja, en palabras de Narciso Yepes, “desde el amanecer al sol de mediodía”.
El Concierto de Aranjuez representa uno de esos instantes en que la Historia detiene su caminar, para sumergirse en la evocación de un tiempo pasado al que no es menester “buscar”, pues está ahí, en la pregnancia de los ritmos populares, en las luces del amanecer que saludan la vibrante canción del Allegro con spirito, en la tibia penumbra de un Adagio que es preciso, a cada audición, “descubrir” en sus más íntimos recovecos, o en las piruetas danzables del Allegro gentile, una suerte de rondó que combina los ritmos del 2/4 y del 3/4.
La permanencia del Concierto de Aranjuez en el corazón de intérpretes y público procede de esa semántica del sentimiento que, ahora y siempre, acaba por imponerse a la del intelecto puro. En un mundo, el de 1939, desgarrado por los fantasmas de la guerra, Joaquín Rodrigo hace un poco suya la divisa que Richard Strauss, en los días de la gran depresión alemana de 1919, había reclamado para la función “social” del artista: hacer feliz al público. Así de sencillo. Y así de difícil. En la España de las cartillas de racionamiento, de las cárceles abarrotadas, del destierro despiadado —de los que marcharon y de los que, al quedarse, se desterraron hacia adentro— los alegres ritmos del Aranjuez, su melancolía de fondo sonriente, la limpieza sonora de una guitarra que se refleja o se enrosca sobre una orquesta de transparencia scarlattiana, suena casi a anacronismo, a diablura. Pero Rodrigo, que “ve” y lee el fondo de los corazones de sus contemporáneos, conoce la alegría íntima de la creación —en él menos “dolorosa” por lo espontánea y “fácil” de su musa— y se empeña, como bendito “loco” quijotesco, en proclamar que la esperanza existe, que la noche no va a ser eterna, que el día resplandecerá aunque muchos no alcancen a verlo.
Rodrigo “ve” ese día, transfigurado en su música de mísera posguerra, hecho luz y alegría de vivir en unos pentagramas que renuncian a seguir la senda más torturada de sus compañeros de generación. Lo que para los analistas fríos pudo parecer retroceso o estancamiento estético, acaba por imponerse, con los años, a conectar, corazón a corazón, con todos los oyentes.

Artículo extraído del libro de Gonzalo Badenes “Programa en Mano” editado por Rivera Editores.

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