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La trompeta - Ejercicios diarios de Vicente Alberola y Luis Andrés Faus
Concierto-Presentación del 2º volumen de partituras de la colección “Conservatorio Superior de Música Joaquín Rodrigo de Valencia”


Alfonso López Quintás ha escrito cuarenta y dos obras sobre temas de filosofía, pedagogía, creatividad y arte. Entre ellas destacan las siguientes: Estética de la creatividad (Rialp, Madrid), Inteligencia creativa (BAC, Madrid), La formación por el arte y la literatura (Rialp, Madrid), La experiencia estética y su poder formativo (Universidad de Deusto, Bilbao), Cómo formarse en ética a través de la literatura (Rialp, Madrid), Descubrir la grandeza de la vida (Verbo Divino, Estella, Navarra), El poder transfigurador del arte (Promesa, San José de Costa Rica). En estas obras, la experiencia estética fecunda la investigación filosófica, y la clarificación filosófica de la vida humana confiere a los análisis estéticos una hondura singular.
Alfonso López Quintás es catedrático emérito de Estética en la Universidad Complutense (Madrid); miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (Madrid) y de L´académie internationale de l´art (Suiza); fundador del proyecto formativo “Escuela de Pensamiento y Creatividad”, difundido en España e Iberoamérica, y profesor de los cursos de doctorado de música en la Universidad Autónoma de Madrid. Tras realizar la carrera de filosofía en Salamanca y Madrid, amplió estudios de filosofía, filología y música en Alemania, Austria, Italia y Francia.
Todos los trabajos de López Quintás están inspirados por un mismo afán: descubrir y promover la capacidad creativa del ser humano, a fin de lograr un desarrollo pleno de su personalidad.
Un papel sobresaliente. Ya de joven me emocionaba acompañar al órgano a un coro potente e interpretar, con él, obras de canto gregoriano y polifonía romana. Ese entusiasmo se acrecentó, durante mis años de estudio en Munich, ver al gran Karl Richter interpretar cada domingo las Cantatas correspondientes de Bach al frente de su magnífico “Coro y orquesta Bach” de Munich. Esa emoción no se reducía al singular agrado –incluso, a veces, hechizo- que produce la música de calidad. Implicaba, también, la profunda satisfacción de observar que la práctica de la música me ayudaba a dar flexibilidad a la mente y profundizar en los problemas filosóficos que trataba en mi tesis doctoral. Pronto fui descubriendo que la música, bien entendida y vivida, nos hace más inteligentes, en el sentido de más abiertos a las interrelaciones. Recuerdo que, años más tarde, en el seminario que dirigía el gran filósofo Xavier Zubiri, éste nos explicó la necesidad de vincular estrechamente la sensibilidad y la inteligencia, pues “la sensibilidad es inteligente y la inteligencia es sentiente”. Con aquella sonrisa bondadosa que nos dispensaba a los fundadores del Seminario, nos dijo: “¿Os parecerá raro esto, no?” Yo le respondí con toda decisión que no, porque en la música se vive esa interacción en todo momento. El pianista tiene obras enteras vivas en sus dedos... Si alguien puede “pensar con las manos” –según reza el título de un conocido libro francés-, ése es el intérprete musical.
Ciertamente. Durante años me empeñé en descifrar un enigma suscitado en mí por el gran Pablo Casals. Poco antes de morir, afirmó que “la Humanidad todavía no sabe lo que tiene al poseer el don de la música”. Yo sabía que la música es fuente de variados e intensos goces estéticos, que afina nuestra sensibilidad y tonifica nuestro ánimo. Pero sospechaba que el gran director, compositor y violonchelista, apuntaba todavía más alto. Ciertos estudios me llevaron a descubrir, felizmente, la importancia que tienen las relaciones en el mundo y en la vida humana. Entonces se me alumbró de golpe lo que quería sugerir Casals con su frase enigmática.
Mire. Hoy sabemos, por la Física de las partículas elementales, que la base última de la materia no viene dada por trozos infinitamente pequeños de materia, sino por “energías estructuradas”, es decir, relacionadas. “La materia –escribe el físico canadiense Henri Prat- no es más que energía dotada de ´forma´, informada; es energía que ha adquirido una estructura” (1). Todo el universo, en sus diversos estratos, se asienta en el poder de las relaciones. Por su parte, la música es toda ella relación; no se basa en notas sino en intervalos, que son el impulso que nos lleva a pasar de una nota a otra; y con intervalos se configuran temas, y, a base de entrelazar temas según las distintas formas musicales, se componen los grandes edificios sonoros. Por eso, cada elemento del edificio musical nos remite a todos los demás. Cuando entramos en contacto con los materiales sonoros, vibramos con los otros siete niveles de toda composición importante. De ahí que, al vivir intensamente ese carácter relacional de las obras musicales, nos parezca asistir a la génesis del cosmos, porque sentimos vivamente el poder de las relaciones.
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(1) - Cf. L´espace multidimensionnel, Université de Montréal, Montréal 1971, p. 15.
Exacto, el gran poeta alemán oyó varias composiciones de Bach para órgano en una iglesia y manifestó luego que “le había parecido oír el rumor del cosmos en los días del Génesis”. La verdad es que la música muestra una articulación tan perfecta que se ve uno elevado al reino de la más pura belleza, que, desde antiguo, se define como “el esplendor del orden, de la forma, de la realidad bien configurada...”. No podré olvidar nunca la impresión que recibí cuando, en el pabellón alemán de la Expo de Hannover, entré en una sala cuyas cuatro paredes se habían convertido en una inmensa pantalla. De repente apareció, en ella, una pequeña orquesta tocando el primer tema de la Ofrenda Musical de Bach. Me parecía imposible que una composición tan adusta pudiera sobrecogerme de tal forma. Pero se comprende perfectamente: toda ella irradia el encanto del orden a través de sus melodías, sus armonías, su contrapunto... Cuando reina el orden, hay luz. La luminosidad es la gran categoría estética que nos legaron los antiguos griegos, geniales en la creación artística, en la reflexión estética sobre el modo de engendrar obras en la belleza (como decía Platón) y en el esfuerzo metafísico por determinar, no cómo se generan las obras bellas, sino qué es la belleza. Recuérdese esa joya que es el Hipias mayor de Platón.
Y ¿qué es, en definitiva, la belleza? Es una de esas realidades primarias que apenas podemos definir, sino sólo acotar, a fin de poder intuir, por experiencia, en qué consisten. La actividad artística “crea obras en la belleza”, pero no crea la belleza; la descubre. Este es el gran legado griego. Pero la belleza no se halla estáticamente en las realidades consideradas como bellas; es una especie de “esplendor” que surge dinámicamente entre ciertas realidades y el hombre sensible a los valores estéticos. Es un fenómeno relacional, no relativista. Sin intérpretes y espectadores sensibles no acontece lo bello, pero esto no indica que espectadores e intérpretes sean dueños de la belleza, como afirma el “relativismo subjetivista”. Debemos subrayar, por igual, la importancia de la obra y la del contemplador de la misma. La belleza surge en medio de ambos, en el punto en que se conjuntan sus posibilidades. Esta forma de ver la belleza es “relacional”, no “relativista”.
Juega un papel decisivo. Hoy sabemos, por la Biología más cualificada, que los seres humanos somos “seres de encuentro”: vivimos como personas y nos desarrollamos como tales creando toda suerte de encuentros. Pero el encuentro es una interrelación. Toda área de conocimiento y toda actividad humana que destaque la importancia de la categoría de relación contribuye poderosamente a nuestro crecimiento personal, es decir, a nuestra formación humana. En esta tarea ocupa la Música un puesto de excepción pues toda ella es relacional. La música empieza con el ritmo, y éste es una interrelación de sonidos. Doy tres golpes inconexos sobre la mesa. Estos sonidos no han entrado todavía en el campo musical. Pero los repito con un orden determinado, con un ritmo preciso, y ahí comienza la música. La música no se basa en notas, sino en intervalos, en el impulso incesante que nos lleva de una nota a otra… hasta constituir la trama inmensa de relaciones que teje una sinfonía o una ópera. Por el mero hecho de crear música, incluso en los grados elementales, nos elevamos al nivel del encuentro y configuramos, así, nuestra personalidad.
Uno de los ejemplos más llamativos de dicho poder es la capacidad que tiene la música de hacer más inteligente a quien la vive de modo creativo. La inteligencia madura presenta tres cualidades básicas: largo alcance, comprensión y profundidad. 1) Al oír ciertos sonidos, pasamos más allá y captamos su peculiar expresividad y las formas que ellos configuran; así superamos la miopía intelectual. 2) Oímos al mismo tiempo distintos sonidos y los aunamos en diversas melodías y armonías; de este modo superamos la unilateralidad en el mirar y pensar. 3) Al hacer esto, penetramos en el sentido del conjunto, en los diversos ámbitos de vida humana expresados en la obra. Superamos de este modo la superficialidad en el pensar. Recordemos la compleja actividad intelectual que realiza, por ejemplo, un organista al interpretar una obra, por sencilla que sea.
Este prejuicio se adueña de nuestra mente cuando no tenemos voluntad de crear armonía y colaboración con los demás. Si quiero ampliar mi finca arbitrariamente, con espíritu egoísta, nada creativo, considero que ser solidario con el prójimo es un obstáculo para mis propósitos, pues, en el nivel de las realidades materiales (nivel 1), sólo se puede ampliar una finca a costa de la colindante. La experiencia musical, perteneciente al nivel 2 por ser eminentemente creativa, nos muestra que la solidaridad y la independencia, lejos de oponerse, se potencian. En una obra polifónica, cada cantor -tenor, bajo, soprano, contralto- goza de total independencia respecto a los otros. Ninguno de ellos puede inmiscuirse en su tarea. Pero, cuando uno empieza a cantar, presta suma atención a la actividad de los demás, atempera su volumen y su ritmo al de ellos, aviva la sensibilidad para crear un tejido sonoro armónico y equilibrado. El que adopta una actitud creativa no intenta dominar a nadie e imponerse. Al contrario, se cuida de promocionar a los demás y resaltar sus cualidades, pues la riqueza del encuentro es proporcional a la calidad personal de quienes se unen.
Es aquí, justamente, donde se pone a prueba la capacidad formativa de la música y su fecundidad para la vida humana, porque ese prejuicio nos impide lograr las formas más altas de libertad y creatividad. Por fortuna, la experiencia de interpretación musical deja perfectamente claro que las normas sólo se oponen a un tipo concreto de libertad, la que suelo llamar “libertad de maniobra”, libertad para hacer en cada momento lo que uno quiere. Si deseo tocar una obra como a mí se me antoje -alterando los ritmos, cambiando notas, etc. -, ejercito mi “libertad de maniobra”, pero pierdo mi “libertad creativa”, es decir, mi capacidad de tocar la obra fielmente, de acomodarme a sus ritmos y a sus distintos “tempos”, de moverme por sus avenidas con soltura, decisión, ajuste perfecto, precisión rítmica... En el nivel 1 me siento libre cuando hago lo que quiero. En el nivel 2, este tipo de libertad no tiene valor para mí. Lo que de veras me interesa es ser fiel a la obra, darle auténtica vida, hacerla llegar a ser tal como se deja entrever en la partitura. Entonces, cuanto más fiel le soy, más libre me siento, con libertad creativa.
Acabamos de descubrir una clave de orientación decisiva para la vida: No toda forma de libertad se opone a las normas. Mi norma al tocar es la partitura. Cuando me atengo a ella fielmente, no pierdo la libertad; renuncio a la libertad de maniobra, pero gano una forma de libertad inmensamente superior: la libertad creativa.
La creatividad de que tanto habla usted en su libro ¿se encuentra en el que compone, en el que interpreta, en el que escucha?Si viven la vida interna de las relaciones, los tres actúan creativamente. En mi obra describo detenidamente el proceso que sigue un intérprete cuando aprende una obra. Es una experiencia apasionante, ya que el buen intérprete no repite la obra; la vuelve a crear desde su peculiar sensibilidad. Al principio, lee despacio la partitura; estudia nota a nota la digitación debida; analiza las diversas frases y las ensambla. Mientras realiza esta labor de análisis de la obra, su interpretación es tanteante y premiosa, carente de soltura y libertad interna o libertad creativa. A fuerza de ensayos, las formas se perfilan a través de la fronda de las notas, cobran cuerpo, se articulan unas con otras. Al configurar de este modo la obra, el intérprete gana una creciente libertad. Ya no está preso en la partitura. Ésta va pasando a un segundo plano a medida que las formas se hacen presentes. El intérprete sigue poniendo en juego todos sus medios técnicos: conocimientos musicales, agilidad mental, fuerza muscular..., pero todos ellos se vuelven transparentes, al convertirse en vías abiertas a la expresión musical.
En este momento, estamos tentados a decir que el intérprete “domina” la obra en cuanto “se deja dominar” por ella. Pero este lenguaje –propio del nivel 1- es inadecuado a un proceso creativo como es el de la interpretación musical. Lo justo es decir que el intérprete configura la obra en cuanto se deja configurar por ella. Se trata de una experiencia reversible, de doble dirección. El intérprete se encuentra en su elemento, en su hogar espiritual, cuando convierte la obra en una voz interior, se deja llevar por su ritmo y llenar de sus armonías. Al serle totalmente fiel, se siente plenamente libre, con libertad creativa. Al deslizarse por las avenidas de la obra, siente que la obra se identifica prodigiosamente con él, es re-creada por él y le es, sin embargo, trascendente; sigue siendo distinta de él, aunque ya no distante, externa, ajena. Por eso admite interpretaciones diversas, que se contrastan y complementan.
Al dar vida a la obra de esta forma, el intérprete es altamente creativo. También lo es, aunque en menor grado, el oyente que vive interiormente el impulso configurador de las obras conforme se van gestando.
La experiencia musical constituye una forma de encuentro con el mundo de las formas musicales, que necesitan ser constantemente renovadas, como pasa con la declamación poética y la interpretación coreográfica. El cultivo de la creatividad va vinculado al cultivo del encuentro. En qué consiste el encuentro, cuáles son sus condiciones y sus frutos es explanado en mi libro, así como en una obra de iniciación al proyecto formativo Escuela de Pensamiento y Creatividad titulada Descubrir la grandeza de la vida (Desclée, Bilbao 2009).
En nuestra realidad personal se integran realidades muy diversas: cuerpo y espíritu, sensibilidad e inteligencia, instintos y razonamientos... También entre las distintas sensaciones podemos intuir ciertas afinidades, como advirtió Vasily Kandinsky en la pintura y Oliver Messiaen en la música. Esa capacidad intuitiva es, sin duda alguna, un don, como lo es la facilidad para integrar las diversas energías que dinamizan en nuestro ser. Esta última forma de integración es ineludible para actuar en la vida con el necesario equilibrio. Las anteriores enriquecen nuestro acerbo de experiencias, pero no constituye un drama la incapacidad de llevarlas a cabo.
Que no consideren la música como una mera diversión; nobilísima, bella y encantadora, pero poco más. La música significa para nuestra vida mucho más de lo que suele suponerse, incluso en círculos profesionales. Basta leer con atención lo que indico en el libro sobre el significado de la Novena Sinfonía de Beethoven, el Tannhäuser de Wagner, el Don Giovanni de Mozart o el Aria de la Suite en re de Bach para ver que en las obras musicales de calidad late un mensaje de vida inmensamente valioso y profundo. Es un desperdicio lamentable dedicar multitud de horas y recursos al cultivo de la música y no asumir las posibilidades que aporta a nuestra formación como personas. En la labor de los Conservatorios de Música es básico enseñar la técnica de interpretación y la Historia de la Música, pero no lo es menos ayudar a los alumnos a descubrir el inmenso poder formativo que presenta la música de calidad.
Me parece una discriminación infundada y, por tanto, injusta. Desde la Ilustración (Kant, D´Alembert...) se viene repitiendo, superficialmente, que la música sólo habla al mundo de las emociones, no de la inteligencia. A la luz de cuanto expongo en mi Estética musical, queda patente que este juicio responde a un desconocimiento de lo que implica la experiencia musical y lo que significan las emociones y la inteligencia. La música, vista de forma penetrante, se eleva a un plano cultural de excepción, que no es superado por ninguna de las otras bellas artes. Arthur Schopenhauer escribió que “la música es un arte grande y sobremanera excelente; actúa más potentemente que ningún otro sobre el interior del hombre”. Algo semejante han afirmado otros eminentes pensadores (Platón, San Agustín...) y eximios intérpretes (Furtwängler, Celidibache, Georg Solti...). La razón profunda que inspira sus declaraciones se halla –a mi entender- en las páginas de mi libro, cuyo propósito básico es mostrar que el hecho de que exista la música supone un don excepcional, raras veces valorado debidamente. Nada extraño que los lectores terminen el libro con la satisfacción de ver la música con nuevos ojos y una estima inmensamente superior.