Sinfonía “De los juguetes” de Leopold Mozart

Leopold Mozart (1717-1787)

Leopold Mozart ()

Allegro
Tempo di menuetto
Allegro moderato

Aunque lógicamente Wolfgang Amadeus Mozart sea para nosotros el “Mozart” por antonomasia, no sería del todo justo postergar al olvido a Leopold, Maria Anna o Franz Xavier Mozart. El último (hijo de Wolfgang nacido en Viena cuatro meses antes de la muerte de éste) frecuentó las enseñanzas de los Hummel, Salieri, Vogler, incluso de
Albrechtsberger (el maestro de Beethoven). Xavier vivió hasta 1844, compuso con asiduidad para el piano y destacó como intérprete de las obras de su padre.
Maria Anna, en edad cinco años por delante de Wolfgang, ejerció como “niña prodigio” a la vera de éste, y más tarde se consagró a la enseñanza del piano. Viuda desde 1801, arrastró una existencia azarosa hasta su muerte en 1829.
Leopold, el padre de Los Mozart, procedía de una familia humilde (su padre fue encuadernador). Nacido en Augsburgo, en 1717, hubo de renunciar a su vocación eclesiástica y servir como músico y chambelán en Salzburgo, donde llegó a ser vicemaestro de la orquesta del príncipe-arzobispo. Leopold fue un excelente violinista y su nombre ha perdurado en las escuelas violinísticas por su Versuch einer grundlichen Violinschule.
Su catálogo de composiciones abarca todos los géneros, desde la ópera al oratorio, pasando por sinfonías, conciertos, sonatas, música de cámara. La discografía procura hoy, siquiera de forma lenta y eventual, la recuperación de sus obras, haciendo particular hincapié en las destinadas a instrumentos de viento. En tal situación se encuentran ya el Concierto en re mayor para trompeta, la Sinfonía de caza para cuatro trompas o esta curiosísima Sinfonía “De los juguetes”, adaptación de tres de los movimientos de la Casación en sol mayor. La singular dotación instrumental de la Sinfonía sirve de vehículo para el despliegue de unos medios inhabituales en el recinto estrictamente sinfónico. Por encima de las discusiones musicológicas en torno a la verdadera autoría de esta obra —antaño atribuida a Haydn, hogaño supuesta adaptación de una partitura de autor desconocido—, la Sinfonía “De los juguetes” interesa ahora y aquí como oportunidad para el encuentro de los que —todavía hoy niños— asumirán en el futuro protagonismos, en mayor o menor grado, dentro de nuestra vida musical. Ceda, pues, todo rigorismo frente a la espontaneidad, la frescura, el candor incluso, de este hermoso momento.

Artículo extraído del libro de Gonzalo Badenes “Programa en Mano” editado por Rivera Editores.

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La mer de Claude Debussy

La mer, tres bocetos sinfónicos
Del alba al mediodía sobre el mar
Juegos de olas
Diálogos del viento y del mar

Claude Debussy (1862-1918):

Claude Debussy ():

La mer de Claude Debussy es el gran manifiesto sinfónico, aún inconfesado, del impresionismo. El Daphnis raveliano añadiría en 1912 el toque coreográfico a un pensamiento que en Francia tuvo sus exponentes oficiales en músicos más apegados al academicismo, como Saint—Saëns, Chausson, D´Indy o Roussel. El sinfonismo debussyano se aparta de las sendas de la ortodoxia y desafía al mismo tiempo la explicación exclusivamente programática. Cierto que los tres movimientos (“esbozos sinfónicos”) denotan referencias naturalistas en sus títulos, cuya poética prosodia francesa sólo con violencia admite ser trasladada a otra lengua: De l´aube à midi sur la mer (movimiento très lent, en si menor), Jeu de vagues (Allegro, en do sostenido menor), Dialogue du vent et de la mer (Animé et tumultueux, en do sostenido menor). Sobre tal esqueleto poético—musical se articula La mer, “la obra más bella del repertorio francés”, “la Biblia musical”, en palabras de Celibidache, quien firma en Múnich (1992) una versión discográfica heterodoxa y genial de esta partitura, indescifrable en una primera escucha. Indescifrable, pues el oyente fácilmente es sujeto de una embriaguez sensorial conseguida por Debussy al multiplicar los efectos iridiscentes de una orquesta básicamente integrada por la cuerda, 2 flautas, piccolo, 2 oboes, corno inglés, 2 clarinetes, 3 fagotes, 4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones, tuba, timbales, címbalos, tam—tam, 2 arpas, y a la que triángulo, Glockenspiel (o celesta), gran caja, contrafagot y 2 cornetas añaden toques singulares de color en los movimientos segundo y tercero. La estructura profunda de la obra es compleja, pese a la claridad formal que aparenta. Conviene retener, en la introducción del primer movimiento, el motivo cromático de la trompeta con sordina (marcado pp sempre) que reaparecerá sucesivamente metamorfoseado. Es el tema cíclico de la obra, que volverá tras el gran crescendo al que se encamina toda esta primera sección. La “impresión” de luminosidad creciente a partir del compás 31 no implica que ese crescendo culmine el pasaje, sino más bien que será la transparencia la que terminará por imponerse (en los divisi de los 16 violonchelos, en la secuencia en 6/8) como lógica consecuencia del “reflejo de las olas” besadas por la luz del sol. La tradicional noción de exposición—desarrollo—recapitulación—coda está siendo superada por un devenir orgánico basado en la superposición de tímbricas y metros, en cuyo sustrato armónico se quiebra la relación jerárquica que permaneciera inamovible tanto en Beethoven como en Strauss. Debussy va más lejos que Bruckner o Mahler en la definitiva superación del modelo de la sonata clásica, que en su caso estalla bajo la primitiva fuerza de la armonía modal y de una liberación de la melodía postwagneriana convertida en impulso nuclear del proceso armónico. Debussy, que realmente se anticipa a la melodía de timbres (la celebrada Klangfarbenmelodie de la Segunda Escuela de Viena), anula en Jeux de vagues la idea del tiempo musical mediante la descomposición de sus moléculas rítmicas en dinámica, articulación e intensidad determinadas no por el metro sino por la licuefacción de los colores. Semejante dialéctica podría relacionarse con la técnica de la pintura impresionista, a condición de ignorar que la estética simbolista e incluso el realismo (choque de fusas centelleantes, como partículas del mar traspasadas por la luz) hacen acto de presencia en este juego de la naturaleza y el intelecto. El viento y el mar dialogan en un friso de enorme potencia dramática, cual es el tercer esbozo del tríptico. La forma, nuevamente, es inesperada: al allegro de sonata y al scherzo (ambos libérrimos) que le precedieron, sucede este final como un rondó de sinfonía clásica. Tres apariciones del estribillo (el viento, naciendo en el oboe) se contraponen a dos estrofas que enmarcan la introducción y la coda. La soberbia unidad temática del episodio se afirma con el triunfo del viento, que impone su impulso motriz a un mar desencadenado en furiosas oleadas cromáticas. Helios, el hijo de los titanes Hiperión y Teia, cruza deslumbrante el caos en su carro de oro arrastrado por cuatro caballos. El trino enloquecido de las maderas y el golpe del timbal proclaman la victoria del aire en movimiento. Como el agua, el elemento más caro a Debussy (“Amo el mar”, le escribió a Pierre Lalo en octubre de 1905), es el aire el medio genuino de un compositor tan impactado por el sonido del gamelán javanés (Exposición Universal de París, 1899) como por los dibujos de Hokusai (su grabado Las olas profundas del mar de Konagawa ilustró la primera edición de la partitura de La mer).
Artículo extraído del libro de Gonzalo Badenes “Programa en Mano” editado por Rivera Editores.

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Sinfonía nº 2, en do menor, op. 29 de Alexander Scriabin

Alexander Scriabin (1872-1915)

Alexander Scriabin ()

La Segunda sinfonía de Scriabin, estrenada a comienzos de 1902 en San Petersburgo, concluye una etapa de preparación juvenil en su autor, marcada por la influencia múltiple y hasta contradictoria de Wagner y Tchaikovsky, y apunta un dominio arquitectónico y expresivo plenamente personal.

La partitura se estructura simétricamente en tres bloques, en torno al Andante central, cumbre indiscutible del arte de la instrumentación scriabiniana. Do menor, mi bemol mayor, si mayor y do mayor son las tonalidades de los cuatro movimientos (de ellos, el primer Andante y el Allegro se suceden ininterrumpidamente). Se observará, frente a la ortodoxia tonal de los tiempos primeros, segundo y cuarto, la “ruptura” que supone el si mayor del tercero. El Andante inicial es breve, y en él se nos presenta, a través del clarinete, la célula temática básica de toda la obra (frase marcada “serioso”, con un característico tresillo final en su segundo compás). El Allegro, en forma sonata, que destaca por su maestría contrapuntística (empleo de stretto, canon, etc.) y ofrece notable contraste entre la dramática idea enunciada por los violines y la más dulce a cargo del clarinete. El ya mencionado Andante, que articula el segundo bloque, tiene resonancias impresionistas, tanto en la instrumentación como en la interválica, cercanas al mundo debussyano. El último tiempo, Maestoso, tiene forma de rondó, y se inicia con una vuelta al tema básico de la sinfonía, ahora elaborado con amplitud. La sinfonía finaliza triunfalmente, con una marcha esplendorosa, pero algo forzada. En el fondo, la transformación que realiza el primitivo “serioso” en esta apoteosis, señala Christof Rüger, viene a ser “el proceso de la autoafirmación del hombre”. Quizá Scriabin no había alcanzado en esta época la capacidad para expresar adecuadamente idea tan compleja.

Artículo extraído del libro de Gonzalo Badenes “Programa en Mano” editado por Rivera Editores.

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